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SINOPSIS

El Sótano es una colección de cuentos misantrópicos que exploran la crueldad, las máscaras sociales, el poder, la herencia y la soledad. A través de relatos independientes pero conectados por una misma mirada crítica, Cyrano invita al lector a observar las contradicciones humanas y los mecanismos que sostienen aquello que nos destruye.

Al descender por estas historias, el lector descubre que los verdaderos monstruos no siempre habitan en la oscuridad, sino en las costumbres, creencias y estructuras que aceptamos como normales.

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Efraín Cyrano Orozco Nieto

Cyrano, nombre artístico de Efraín Cyrano Orozco Nieto (Salamanca, Guanajuato, 1974), es médico cirujano por la Universidad de Guanajuato, oftalmólogo por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y subespecialista en retina y vítreo por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actualmente es profesor de oftalmología en la Universidad La Salle Bajío, donde combina la práctica clínica, la docencia y la reflexión humanística.

Ha cultivado la escritura de manera paralela a su trayectoria médica: maneja con naturalidad el ensayo y la narrativa breve. Es autor de El ático y de Hasta no ver, no creer, su obra más reciente, en la que explora las complejas relaciones entre la medicina, la evidencia, la percepción y la búsqueda de la verdad. Su escritura se caracteriza por una prosa sobria y reflexiva, atenta a la memoria, la experiencia humana y las preguntas que surgen allí donde la ciencia, la filosofía y la vida cotidiana se encuentran.

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Muestra del libro

PRÓLOGO

El ser humano rara vez cae de golpe.
Desciende por escalones tan pequeños que termina creyendo que nunca se movió de lugar.

Durante muchos años creí que las mayores amenazas para una sociedad provenían de sus crisis económicas, de sus guerras o de sus gobernantes. La experiencia terminó enseñándome algo mucho más inquietante: las sociedades casi nunca se destruyen desde afuera; se desgastan lentamente desde el interior de la mente humana.

La psicología lleva más de un siglo intentando comprender por qué personas comunes pueden llegar a cometer actos extraordinariamente crueles. Freud habló de los impulsos que intentamos domesticar. Jung describió esa sombra que todos preferimos negar. Viktor Frankl descubrió que, incluso en los escenarios más oscuros, el ser humanoconserva la libertad de decidir quién quiere ser. Hannah Arendt, tras observar el siglo XX, comprendió algo todavía más perturbador: el mal rara vez tiene rostro de monstruo; con frecuencia tiene el rostro de alguien perfectamente normal.

El sótano, de Cyrano, parece haber sido escrito precisamente desde esa intuición. No estamos frente a una colección de cuentos de terror. Estamos frente a una colección de diagnósticos. Cada personaje representa un mecanismo psicológico que todos compartimos: la necesidad de pertenecer, el miedo al rechazo, la sed de reconocimiento, la fascinación por el poder, la comodidad de obedecer y la extraordinaria capacidad para justificar aquello que, en el fondo, sabemos incorrecto.

La crueldad nunca comienza con la violencia; comienza con la indiferencia.

Las dictaduras nunca empiezan con un golpe de Estado; empiezan cuando dejamos de hacer preguntas.

Los fanatismos nunca aparecen porque alguien odie demasiado; nacen cuando alguien deja de pensar por sí mismo.

Eso convierte a este libro en algo mucho más incómodo que una novela: nos obliga a reconocer que los personajes no viven únicamente en sus páginas, viven dentro de nosotros. Hay una razón por la cual la estructura del libro avanza desde la crueldad hacia las máscaras, luego hacia la herencia, después al poder y finalmente a la soledad. Es prácticamente el recorrido psicológico de una conciencia que, poco a poco, deja de verse a sí misma.

Primero justificamos pequeñas violencias, luego aprendemos a usar máscaras, más tarde convertimos esas conductas en tradición; entonces aparece el poder para organizarlas y, por último, descubrimos que aquello que llamábamos éxito nos ha dejado profundamente solos. No es casualidad, es un descenso.

El sótano del título no es un lugar físico, es un espacio mental: significa el rincón donde guardamos todo aquello que no queremos reconocer de nosotros mismos. Esta es la verdadera invitación del presente libro: no mirar a los monstruos para condenarlos, sino para descubrir cuánto de ellos puede crecer dentro de cualquier persona cuando deja de cuestionarse.

Vivimos una época obsesionada con señalar culpables. Las redes sociales nos han convencido de que el problema siempre son los otros. El sótano hace exactamente lo contrario: devuelve la responsabilidad al lector. La pregunta no tendría que ser quién es el monstruo; la pregunta es: ¿Qué pequeñas decisiones cotidianas alimentan a ese monstruo?

Como mujer dedicada al servicio público, pocas cosas me preocupan tanto como la pérdida de la capacidad de comprender al otro. Una democracia no se rompe únicamente cuando fallan las instituciones. También se rompe cuando dejamos de reconocernos como seres humanos complejos y empezamos a dividir el mundo entre buenos y malos, puros e impuros, vencedores y enemigos.

La literatura tiene una ventaja y una nobleza que la política jamás tendrá: puede entrar donde los discursos no llegan. Puede mostrar aquello que las estadísticas esconden. Puede revelar los mecanismos invisibles que explican por qué una sociedad termina aceptando lo que alguna vez consideró intolerable.

Eso hace El sótano de Cyrano. No pretende ofrecer respuestas; pretende impedir que el lector salga siendo exactamente la misma persona que comenzó la primera página, con lo que alcanza el propósito más noble de cualquier gran obra literaria.

Virginia Magaña Fonseca

MANUAL DE USO

Estos cuentos no se juntaron por capricho, sino por una sospecha común. No comparten personajes ni una trama única; comparten gestos: un círculo que se forma «solo», un vidrio que separa, una fila que avanza sin que nadie empuje, un altar vacío que aun así convoca o un reflejo que ya no imita. Son escenas distintas con la misma respiración: la de una humanidad que aprende a llamar «normal» a lo que apenas debería tolerar.

La misantropía aquí no es odio puro; el odio requiere energía. Esto viene más del cansancio, de ver cómo la crueldad se vuelve costumbre, cómo el dolor se convierte en producto, cómo la máscara se vende como identidad o cómo el poder aprende a hablar con voz de consuelo. No escribí para denunciar (la denuncia todavía confía en un oyente) ni para consolar (el consuelo suele ser un aplazamiento elegante). Escribí para observar y quedarme un segundo más mirando la maquinaria antes de fingir que no la vi.

Por eso el orden importa. Primero, lo cercano, la crueldad pequeña, la del patio, el recreo, la esquina, la que sucede con manos torpes y ojos que prefieren grabar antes que intervenir. Luego, las máscaras, la fiesta, el consumo, el disfraz, los rituales donde la autenticidad es un filtro y el dolor una mercancía. Después, la herencia, lo que permanece aunque nadie lo enseñe, lo que se transmite como un código debajo de la educación. Más adelante, el poder, ese animal que no necesita garras si tiene relato y que se disfraza de soberanía, de salvación, de «orden» y «paz». Y al final, el descenso, no hacia un infierno espectacular, sino hacia lo íntimo: el silencio, la muerte o el sótano donde se descubre que la puerta nunca estuvo cerrada.

Si hay algo inquietante en todo esto, no es que «la gente sea mala». Eso sería cómodo. Lo inquietante es que la gente puede ser correcta, incluso buena, y aun así sostener lo que la destruye. No por perversidad, sino por fatiga. La vida diaria es una fábrica de concesiones y el alma, cuando se agota, aprende a obedecer sin darse cuenta.

Lee estos relatos como se mira una calle a medianoche: con el presentimiento de que algo se mueve aunque no se vea. Si te ríes, que sea con esa risa amarga de reconocer el mecanismo. Si te molesta, aguanta un poco la incomodidad: es un síntoma raro, casi sagrado. Significa que algo dentro todavía se niega a volverse piedra. El monstruo no siempre está afuera: a veces es una costumbre, a veces es una fila, a veces es una puerta sin candado.

— Cyrano

I LA CRUELDAD

 I.1. SEMÁFORO EN ÁMBAR

EN EL CRUCERO

Es mayo y el sol pega recio. El asfalto de León hierve como comal. Yo ando en la esquina con mi bote parchado, mi franela toda rota y el jalador que era de un compa que ya se fue pal norte. Mi vida va de colores: verde pa los que se sienten dueños, rojo pa los que tragamos polvo y ámbar pa ese ratito donde todo se puede voltear.

Los carros se paran como animales cansados: motos con mochilas de repartidor, el taxi carcacha, un Mercedes con una familia que se pelea… y, de repente, ¡zas!, una camionetota blindada. El vidrio bien negro, como muro. Le echo agua y paso el jalador. Apenas brilla tantito, como si el mundo quisiera mirarse pero le diera pena.

Yo ya me sé de qué va el crucero: quién suelta feria, quién arranca con coraje, quién de plano se hace el dormido. Mis pasos son siempre los mismos: jalón firme, sonrisa corta. A veces me toca un «Dios te bendiga»; otras, un «quítate, cabrón». Ese día el vidrio no bajó. Pero en ese espejo oscuro me alcancé a ver partido: afuera, mi gorra sudada; adentro, un fantasma sin cara.

EL AMO

Dicen que soy Ramiro Ledesma: diputado, joven promesa, que si el progreso, que si el futuro. Siempre con escoltas, siempre con chofer, siempre con alguien que me abre puertas. Mi blindaje no es nomás el vidrio; es la bola de cabrones que me rodea, las fotos, los aplausos, las palabras bonitas que repito sin ensuciarme.

Cuando el semáforo da verde, pienso que la ciudad entera obedece. Pero sé que sin reflectores me hago chiquito. Vivo amarrado a que me miren, a que me aplaudan.

Se pone rojo: la camioneta se frena. Veo a ese cholo, aunque finjo que no. Su jalador me incomoda: no limpia nomás el polvo, limpia la mentira que me cargo.

EL ESCLAVO

Yo crecí en un pasillo húmedo, de renta barata. Mi jefa es de Chiapas; mi jefe, de Guerrero. Aprendí a regatear antes que a multiplicar. La tira me ha corrido como perro; los conductores me han bañado con agua, como si ardiera menos que un insulto. Pero sigo aquí.

Mi cuerpo ya sabe de qué va el crucero: dónde brincar, cómo esquivar el verde asesino, cuándo retroceder dos pasos pa no quedar estampado. He visto a la doña de los chicles, al obrero cansado, a la morra que recita poemas por monedas. Todos hablamos el mismo idioma: sobrevivir.

Cada moneda no es limosna; es trato. Mi jalador viejo es más que mi herramienta: es mi orgullo remendado.

Ese rojo duró un chingo. Le dejé el vidrio como nuevo. Y, aunque él no bajó el cristal, ahí en el reflejo salió su cara borrosa junto a la mía.

EL ENCUENTRO

Ámbar. Ese ratito que no se decide. Yo, afuera con el sol quemándome la nuca. Él, adentro en su aire frío. Me mira de reojo; yo lo miro de frente. Él se siente fastidiado: quiere que me quiten de su vista. Pero en el fondo necesita que yo exista, ¿qué sentido tiene un blindaje sin alguien del otro lado?

Bajo el jalador despacio. No espero moneda. Pienso que los dos estamos presos: yo, de la luz; él, del cristal. Al lado mío: la señora de las flores, el chavo de las pelotas y la doña de gelatinas. Cada quien con su lucha, pero al final todos cantamos bajito la misma rola de aguantar.

LA INVERSIÓN

Verde. La camioneta se va como bestia. Mi jalador se atora y me voy de hocico; el bote se vacía. El agua corre como mapa torcido. Pitidos, insultos, «¡aguas!». El señor ni en cuenta; su celular le recuerda la cita con empresarios. El blindaje no le deja ver ni el bache.

Yo respiro y me paro. El jalador se tronó de un tornillo, pero la goma sigue buena. Con una llave vieja y una liga lo revivo. La vendedora me guiña; el malabarista me dice: «¿Todo bien?»; la doña de gelatinas me pasa agua. Sí, hay rabia, pero también manos que sostienen.

En mi mente aparecen migrantes, la banda del barrio, obreros que levantan casas que nunca van a habitar. Y pienso: no se trata de limpiar vidrios, sino de juntar manos. Hacemos nuestras propias señales: «Alto al hambre», «Siga la dignidad», «Precaución, pueblo en obra». El amo se encierra más; nosotros aprendemos a compartir hasta la liga y el alambre.

De noche, la camioneta entra al fraccionamiento fresa: mármol y espejos. El diputado se mira: traje limpio, cara hueca. No recuerda cuándo se rio sin micrófono. Yo bajo el puente con los míos. Partimos una torta en cuatro; nos reímos de puras tonterías: la gelatina que parecía pescado, el perro callejero que ya es de la banda. No hay discursos; nomás pan, agua y saliva compartida.

El vidrio de esa camioneta sigue siendo espejo. México es así: adentro, un país que se cree seguro; afuera, un país que, con lo poquito, se organiza. Y pienso que, cuando vuelva el ámbar —porque siempre vuelve—, tal vez no sea solo mi cara la que se refleje, sino muchas. Entonces el vidrio dejará de ser muro y el espejo, por fin, será puerta.

I.2. LA CAJA VACÍA

Yo no solía hablar mucho en el orfanato. «Hope Without Owners» era un nombre bonito para un lugar feo, con paredes húmedas, olor a sopa rancia y veintitrés niños que intentaban no desaparecer. Aprendí pronto que lo mejor era mirar sin hacer ruido: esconderme detrás de otros para que no me escogieran a mí.

El rey del patio era Bryan. Gordo de poder, aunque flaco de alma. Caminaba como gallo de pelea, con los puños listos para caer sobre cualquiera.

—Lo mío es mío… y lo tuyo también —decía, y todos sabíamos que era cierto.

A su sombra iba Leonardo, alto y rubio, con sonrisa de estatua. Nunca se ensuciaba las manos; dejaba que Bryan ensangrentara el patio y luego él recogía lo que quedaba.

José, pobre José, rezaba cada noche hasta quedarse dormido, como si el cielo pudiera oírlo a través de aquellas paredes húmedas. Juan, de ojos rasgados, observaba todo en silencio, calculando. Ali peleaba con dignidad, pero Abraham le ladraba con odio aprendido, como perro amaestrado para atacar siempre al mismo.

Las madres del Sagrado Corazón eran nuestras guardianas: monstruos de grasa y sotana, se movían como ballenas negras; predicaban sacrificio con la boca llena de pastel. Su autoridad pesaba más que sus cuerpos.

Un rumor nos encendió los ojos:

—En la alacena hay una caja de chocolates.

Yo no dije nada, pero sentí el corazón apretarse. ¡Un chocolate…! Ni siquiera recordaba su sabor. Bryan golpeó la mesa:

—La caja es mía. Leonardo, vamos.

José suplicó, Juan calló, Ali discutió, Abraham escupió veneno y yo, como siempre, apreté los labios para no existir. El griterío atrajo a la Madre Superiora: gigantesca, con la cruz hundida en el pecho.

—¡Silencio, demonios! —vociferó—. ¡Esa caja ya no está!

No tardó el misterio en resolverse. Debajo de la cama de Bryan brillaban las envolturas vacías: doradas, plateadas, arrugadas como alas de mariposa muertas.

—¡Rata! ¡Ladrón! —gritamos todos, incluso yo, que casi nunca gritaba.

Bryan se encogió de hombros con las uñas manchadas de chocolate. Entonces la madre superiora levantó el último: un chocolate huérfano en su envoltura. Lo miramos como si fuera un milagro. Quizá habría justicia.

Pero no. Lo desenvolvió lento, lo olió y lo devoró frente a todos, con los ojos cerrados. Sus labios brillaban bajo la luz.

—La vida es obediencia —dijo mascando—. Obediencia y resignación.

Quedamos mudos. José rezó, Juan guardó la derrota, Ali tembló, Abraham sonrió, Bryan se rio viscosamente. ¿Y yo? Yo solo pensé que la lección estaba clara: en este lugar siempre gana el que se lo traga primero.